30 agosto 2007

Frida o la construcción de la propia imagen

Frida Kahlo. La gran ocultadora - Casal Solleric

Pertenecientes a la colección de Spencer Throckmorton, un galerista norteamericano especializado en fotografía latinoamericana, los casi sesenta retratos de Frida Kahlo muestran a la artista mexicana en diversos escenarios y actitudes a través de los que es posible comprobar cómo la pintora modeló cuidadosamente su propia imagen. La exposición, que tiene lugar en el centenario de su nacimiento, se ha exhibido en la National Portrait Gallery de Londres y durante 2007 recorre varias salas del Levante español.


Firma el prólogo del precioso catálogo la escritora y también coleccionista norteamericana Margaret Hooks, que hace un interesante repaso de la vida de Frida desde el punto de vista de su relación con la fotografía y con su propia imagen. Hooks aporta algunos argumentos de la influencia de su padre, el fotógrafo germanomexicano Guillermo Kahlo, en algunos rasgos formales de su pintura como la rigidez e inmovilidad de los personajes o el dominio de la composición. Pero también da fe, por ejemplo, de la fascinación tanto de Diego Rivera como de Frida por los fotógrafos ambulantes mexicanos, con sus decorados portátiles y sus accesorios, que a buen seguro dejaron algún rastro en sus respectivos trabajos.

En cualquier caso, es indudable que la construcción de la propia imagen pública no fue la menor de las obras de Frida. Desde la elección del vestido hasta la elaboración del peinado, en cualquier circunstancia pero sobre todo en la preparación de una sesión fotográfica, nada quedaba al azar. La artista fue fotografiada miles de veces por profesionales, amigos y amantes e hizo circular sus retratos con profusión. En las fotografías encontramos exactamente a la Frida que ella dispuso que conociéramos. Su expresión, que algo tiene de esfinge, apenas contiene un orgullo enorme, una sensualidad desbordante y el dramatismo y el tesón de quien desde los dieciséis años combatió diariamente dolores atroces. Quizá es significativo que los únicos retratos en que su actitud distante y enigmática se ve un tanto dulcificada sean el que le hizo su padre a los cuatro años, donde aún sonríe, y el firmado en 1939 por el fotógrafo neoyorquino Nickolas Muray, con quien había mantenido una duradera relación amorosa desde poco después de su boda con Rivera. Última Hora.