Si la primera edición de Glocal prestó atención a la pintura, en su segunda edición encontramos artes muy diversas. En la muestra, realizada en colaboración con la Fesel Modern Art de Düsseldorf, se dan cita autores tan diversos como H. D. Schrader, Niki de Saint Phalle o Joel Morrison. Son reconocidos la categoría del californiano Richard Serra y el ingenio de Fabrizio Plessi –en este caso, el de su videoinstalación Las cariátides de los pobres (1990), en la que detectamos la ironía y el desengaño de la modernidad. De todos ellos, no obstante, me interesa comentar las coincidencias entre dos artistas sólo aparentemente desconectados entre sí como son Eduardo Chillida y Lutz Fritsch.
La trayectoria de Chillida (1924-2002) fue la de alguien que deseaba entender la relación entre el volumen y el no-volumen. Incluso su proyecto póstumo, el polémico monumento en la montaña de Tindaya en Fuerteventura, consiste básicamente en vaciar una montaña: la obra no está hecha de materia, sino de vacío. Pero esta línea de investigación la acometió muy pronto, y los grabados del donostiarra universal que integran Glocal II, de los años sesenta, así lo demuestran: en ellos maneja sólo un blanco y un negro planos; pero la forma en que el uno se inserta en el otro, la ruptura de las manchas en hendiduras de apariencia orgánica –o, a veces, pseudoindustrial–, logra sugerir la profundidad del cuerpo.

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