14 abril 2005

Como música sobre el papel

Kandinsky. Aquarel·les - Fundación Juan March

El valor de algunas exposiciones no reside tanto en el valor de la obra del autor expuesto como en el enfoque de la selección. Ciertamente, nadie va a descubrir hoy día la trascendencia de la obra de Wassily Kandinsky (1866-1944) en las artes plásticas contemporáneas. Una exposición de sus óleos sería siempre interesante en cualquier lugar del mundo; lo que convierte en indispensable la actual muestra de sus acuarelas en la Fundación Juan March de Palma es la medida en que revela el trabajo del artista.

El primer cuadro de Kandinsky que él mismo consideró abstracto data de 1910 (Primera acuarela abstracta), y hacia 1913 se libera definitivamente y por completo de cualquier rastro del objeto en su pintura; el misterioso proceso a través del cual el artista discurre de la figuración a la abstracción tiene, por tanto, sus claves entre estas fechas. La presente exposición no es una muestra de obras acabadas, sino que entra de lleno en las estrategias, en las reflexiones que el artista dejó por escrito en obras como De lo espiritual en el arte (1911) y en las distintas fases creativas de alguna de sus obras más conocidas, como Composición VII (1913), y sirve de manual vivo de cómo fue asentando su abstracción sobre pilares teóricos y un arduo trabajo que excluía toda casualidad. Los treinta y nueve estudios presentados en esta muestra, pertenecientes a la colección del Städtische Galerie im Lenbachhaus (Múnich), combinan lápiz, tinta china, acuarela y guache sobre papel o cartón, en avances progresivos hacia el definitivo óleo sobre lienzo de gran formato.

El elemento básico a la hora de entender la actividad del moscovita –hasta su experiencia en la Bauhaus, que hacia 1922 añadirá el elemento arquitectónico como complemento necesario–, es su interés por la música. Gran amigo de Schönberg, elaboró una teoría en torno a la sinestesia y la consustancialidad de las artes, y de la música y la pintura en particular. No solamente muchos trazos en las obras de Kandinsky remiten lejanamente al desorden ordenado del pentagrama; además, la concepción del movimiento y su expresión a través de esos trazos y de la disposición de los colores tienen mucho de rítmico. Un espléndido ejemplo es Con tres jinetes (1910-11), donde persiste una figuración suavemente expresionista, aun en claro retroceso frente al empuje del ritmo y la composición. Kandinsky manifestó su pretensión de lograr en la plástica aquello en lo que la música había consistido siempre: “hablar directamente al alma” merced a los propios recursos del color, sin necesidad de copiar objetos para ello. Hoy podemos apreciar en Palma los pasos dados en esa dirección.

La muestra incluye también facsímiles de las concienzudas pruebas que Kandinsky ejecutó para la portada del almanaque Der Blaue Reiter (El Jinete Azul, 1912), y bocetos originales de las viñetas y la portada de su libro ya mencionado, Über das Geistige in der Kunst. En las primeras, sobre todo, se aprecia el progresivo adelgazamiento de lo figurativo, una preocupación casi obsesiva por depurar una y otra vez las formas y una intención ética, y no sólo estética, en los simbolismos. No debemos olvidar, por último, el espléndido artículo que firma Helmut Friedel, director del museo muniqués del que proceden las piezas, en el catálogo de la exposición, de gran densidad crítica y altamente esclarecedor en los aspectos técnicos. Última Hora.