20 abril 2005

El fotógrafo que pintó Europa

Henri Cartier-Bresson. Europeus - Casal Solleric

De la fotografía del francés Henri Cartier-Bresson (1908-2004) se ha dicho que interesa a la antropología y a la historia. Sin duda no es despreciable el hecho de que el francés decidiera dedicarse a ella tras participar en una expedición etnográfica a México. Tampoco debe caer en saco roto, al analizar su obra, el recuerdo de su cautiverio entre los nazis, su fuga y su participación en la Resistencia. Todo ello es importante, y motiva una preocupación social y un afán documental que lo convirtió en uno de los mejores fotoperiodistas de la historia. El antropólogo identificará costumbres, vestimentas y conductas, y el historiador social descubrirá elementos insospechados en un uniforme, el rótulo de una peluquería, un paisaje industrial.


Pero no es éste el motivo por el que Europeos conmueve al espectador. Su autor afirmó que “en realidad, no estoy nada interesado en la fotografía en sí. Lo único que quiero es captar una fracción de segundo de la realidad”. Su código estético le impedía manipular sus imágenes en el laboratorio; no recortaba los negativos para mejorar el encuadre. Definió el arte fotográfico como “el reconocimiento, en una fracción de segundo, de la relevancia de un acontecimiento y, al mismo tiempo, de la organización precisa de formas que dan a ese acontecimiento su expresión máxima”. Con estas premisas, se entiende que la actitud de Cartier-Bresson fuese más la del artista que la del periodista: sus resultados no proceden de la elaboración, sino de una cuasi epifanía en la que la formación quizá no tuviese tanto peso como la revelación.

De ahí prodigios compositivos como la bellísima escena de pescadores reparando redes en Nazaré (1955), de unos matices y una atmósfera impensables en el blanco y negro; o la de la niña que escapa calle arriba en algún lugar del Egeo (1961), en la que el movimiento de la pequeña contradice y pone en tensión el magnífico equilibrio de luces, sombras y arquitecturas. De ahí irónicos paralelismos como el de las dos matronas atenienses caminando a la sombra de sendas cariátides (1953). De ahí que la fotografía de un grupo de muchachos en la Sevilla de 1933 pueda ser calificada de vanguardista: el juego de los planos; el refuerzo del encuadre mediante un gran orificio en el muro, concéntrico con el grupo humano, que le confiere carácter dramático y reflexivo; el fuerte contenido social, que roza el feísmo, opuesto a la alegría de la escena, aproximan esta obra a la modernidad artística. Cartier-Bresson terminó sus días apartado de la fotografía. De joven estudió pintura, y en su vejez volvió a pintar. Tal vez siempre lo hizo. Última Hora.