En su texto introductorio al magnífico catálogo editado por Pelaires para La forma restituita, Marco Meneguzzo defiende un carácter propio del arte italiano del último tercio del siglo XX y, por extensión, del latino frente al anglosajón, que debería dar unidad a la muestra. Para el comisario, el arte italiano de los setenta y ochenta optó por el redescubrimiento de las formas y aspiró a alcanzar un arte libre de condicionantes en que la ética de la obra perteneciese a la misma obra: el artista no pretendería decir otra cosa que no fuese la misma obra. Sería, pues, una manera de perseguir el establecimiento de una nueva perfección formal, de un nuevo canon. Para Meneguzzo, el arte povera, con todo su componente subversivo, contemplada desde nuestra perspectiva no es ya sino otro clasicismo. Pese a unos presupuestos teóricos tan acertados como abiertos, la colectiva, que incluye un número notable de artistas y abarca un arco temporal bastante amplio, resulta un tanto heterogénea. La adscripción de ocho de los diez autores seleccionados a la mencionada neovangurdia no es suficiente para relacionar eficazmente, por ejemplo, las instalaciones de neón de Mario Merz con las ceras de Domenico Bianchi. Se trata, por otra parte, de una exposición rigurosa y altamente representativa.

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