Cuando, a finales de 2003, el IVAM adquirió doce obras de Antonio de Felipe (Valencia, 1965), la asociación local de galeristas publicó una agria protesta que calificaba al autor como “uno de los peores artistas de la Comunidad Valenciana”. La compra, que situaba a De Felipe al lado de Tàpies, González o Picasso, se convirtió en objeto de polémica debido al patronazgo explícito de los mandamases de la comunidad y a la cuantía de la operación: 132.000 euros que a muchos parecieron perfecto ejemplo de inversión ruinosa. No sólo el instituto valenciano: también las colecciones de Carmen Thyssen, Fundación La Caixa y Centro de Arte Reina Sofía cuentan entre sus fondos con obra de este controvertido artista.

Si el IVAM de Barañano no acertaba con sus desproporcionados dispendios, el pecado es menor en un galerista que aprovecha la estación más ligera para exponer cuadros de un carácter manifiestamente ligero. El sentido de la muestra es puramente comercial, y el ingenio sencillo que despliega Antonio de Felipe, aunque más próximo al oficio de publicista que a la fe del pintor, no deja de tener un lugar en nuestra cultura; aunque sea un lugar común. Última Hora.
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